Idiota


Viajábamos en un avión, sentados el uno al lado del otro, hacia el final. ¿27E y 27F?. El avión no era demasiado grande, pero tenía todo lo que necesitábamos. Llevábamos allí sentados días que se habían convertido en meses que habían visto ya algún año, pero aún no había llegado el momento en el que sintiéramos que el viaje se empezaba a hacer pesado. Lo mejor de todo, aparte de ir sentado contigo, era tener la certeza de que tanto tú como yo sabíamos hacia dónde íbamos, de que tanto tú como yo teníamos las mismas ganas de llegar a aquel destino.

Una mañana te despertó la caricia en tus párpados del primer rayo de sol que entró por la ventana. Abriste los ojos, lo viste claro y decidiste despertarme a mí también, que dormía tranquilamente a tu lado.
– Creo que quiero cambiarme de sitio – dijiste.
– No te preocupes – contesté en un estado de semiinconsciencia que me impedía entender qué estaba pasando -. Cuando pase una azafata le preguntamos si hay dos asientos libres juntos en alguna otra parte del avión.
No hacen falta dos – dijiste. Y punto.
Fue el punto y final más claro que habré escuchado jamás. Me despertó de golpe. Punto. Final.

No tuve ganas de preguntar, ni de discutir, ni de tratar de entender. Probablemente hubieras dicho que necesitabas pensar, que ya hablaríamos en un tiempo cuando te aclararas, que no era yo sino tú y que pasara lo que pasara no querías que desapareciera de tu vida. Probablemente hubieras dicho todo eso o incluso más, y no me habrías dejado más remedio que decirte que sí, que lo entendía, cuando no habría sido capaz de entenderlo ni en mil vidas.
Te dije que vale, que era tu decisión y que la respetaba, e incluso creo recordar que me ofrecí a llamar a la azafata igualmente. Uno es un caballero hasta (en) el (punto y) final.
Te levantaste de repente, como si acabaras de recordar que tenías algo en el fuego, y te fuiste. Te sentaste en otro sitio cuatro o cinco filas por delante. En un avión más de dos filas es un abismo. Un punto y final.

Me quedé sentado en el 27E intentando ver en qué momento me había equivocado, qué era lo que había hecho mal. ¡Si hasta te había dejado sentarte al lado de la ventana todo el viaje!
Me quedé sentado en el 27E para que cuando volvieras encontraras tu sitio libre, porque el 27F era tuyo, porque lo mejor es ir al lado de la ventana y quería que cuando volvieras… si volvías…

No va a volver. Pero… ¿y si vuelve?

Poco a poco me fui dando cuenta de que no ibas a volver, pero seguía levantando la cabeza por encima de los respaldos de la fila 26 con la esperanza de encontrarte haciendo lo mismo desde la 21 o la 22, sabiendo al mismo tiempo que no estarías haciéndolo. Si realmente te hubiera importado no habrías dejado de mirarme desde el 27F.

No va a volver. No va a volver. No va a volver. Pero… ¿y si vuelve?

Juro que no había derramado ni una lágrima hasta ese momento, porque pensaba que no volverías pero en el fondo tenía claro que sí. Aquel avión no habría existido nunca sin nosotros. No había otro final posible mas que tu regreso.

No va a volver. No va a volver. No va a volver. No va a volver. No va a volver. Pero… no va a volver.

Llegó el día en el que no encontré esa pregunta que siempre me arrancaba una ligera sonrisa y me cortaba el llanto.
Vi pasar lunas y soles, todos borrosos, por la ventana de la que me separaba un asiento vacío.
No volviste.

No volviste ni a ver si seguía vivo, ni a decir hola… ¡ni siquiera volviste para ir al baño! Debiste preferir recorrer dos tercios de avión hacia delante con tal de no volver a cruzarte en mi camino.
Y yo aún (lloré) esperé un poco más, por si acaso, a pesar de saber que era imposible.

 

Las lunas y los soles fueron recobrando su nitidez.

 

Me senté en el 27F porque me encanta sentarme al lado de la ventana. Miré a través de ella y pude ver todo lo que me había estado perdiendo desde que había facturado mi equipaje, aquel equipaje que me obligó a renunciar a la mitad de mis cosas por dejar hueco para las tuyas. Vi el mundo que había ahí abajo, todo lo que había abandonado días (que se habían convertido en meses que habían visto ya algún año) atrás. Se me encogió tanto el corazón al notar cuánto lo echaba de menos que me puse en pie de un salto.
Salí al pasillo. Vi que tú habías hecho lo mismo, como si hubieras recuperado sin más esa conexión que pensaba que ya habíamos perdido. Me mirabas y lo hacías como queriendo decir algo, y había algo en tus ojos.
Salí corriendo en tu dirección. Sonreíste fugazmente hasta que, al pasar por tu lado, supiste que no iba a frenar. Seguí corriendo: fila 20, fila 19, fila 18, fila 17, fila 16, fila 15…
Miré a mi alrededor. Aquel avión no era mío, ni siquiera había sido nuestro: aquel avión fue únicamente tuyo desde el principio. Yo allí no pintaba nada.

Abrí la puerta de emergencia como siempre había imaginado que se haría: giré la palanca, tiré enérgicamente, cerré los ojos, sonreí, respiré hondo y salté, sin mirar atrás, contento, volviendo por fin al mundo.

Punto y final.

 

Nena Daconte – Idiota

Por mi miedo a no controlar tu vuelo.

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