Ya no somos niños


Corríamos los cuatro, riéndonos, sin prisa. Corríamos como uno corre cuando está pletórico, no porque haga falta sino porque le sale de dentro, que tanta energía tiene que salir por algún sitio. Corríamos por aquel pasillo mal iluminado y nos daba igual: nos sobraba luz.

Son curiosos los sueños, que uno los ve como una película pero sin saber el género, y eso es raro. Uno sabe qué esperar de una comedia, de una de acción, de las películas de miedo. Uno nunca sabe qué esperar de un sueño.

Corríamos entre carcajadas y pasamos por delante de aquella puerta cerrada. No sabíamos qué había detrás ni nos importaba. Nuestro destino estaba fuera de allí, en otro lado.

– ¿A que no te atreves a llamar? – te reté.

Llevábamos inercia suficiente para pasar de largo, y ni siquiera tenía intención de parar cuando te hice la pregunta, pero tú echaste el freno.
Toc, toc, toc.

Éramos niños, ¿vale? Niños, no necesariamente por fuera pero sí en nuestras cabezas. Éramos niños llamando a todos los timbres de un portal cualquiera y echando a correr antes de que alguien pudiera contestar. Nos habían gritado desde algún balcón alguna vez, y eso nos había hecho reír todavía más.
En aquel pasillo no había balcones, y mientras seguíamos corriendo oímos un crujido detrás de nosotros. La puerta se había abierto.

La luz se hizo más tenue y apenas se veía, pero ¿acaso es la vista el único sentido? Lo sabíamos. Podíamos sentir su ira. Pudimos sentir antes de que empezara a moverse que si había abierto era para venir a por nosotros.

Seguimos corriendo, aún llenos de energía, aunque esta nos la brindaba el miedo. Con miedo uno corre más a lo loco, y ahí íbamos. Como pollos sin cabeza, pensé. Todavía las teníamos, las cabezas, pero ahora estaba ahí ese todavía.

Nos separamos, que puede parecer no tener sentido pero es matemática pura: si somos cuatro y estamos en cuatro sitios diferentes no puede cogernos a todos a la vez.
Tengo un 25%, pensé mientras me agazapaba detrás de dos cajas de madera que debían medir un metro de alto. Un 25% de probabilidad, pero ¿de qué? No lo sabía.

¿Sabes eso de que nunca te toca nada pero las cosas malas sí?
Pues eso.

Nena Daconte – Ya no somos niños

No te encontraré, te he perdido en el infierno

All my friends are falling in love


Me he quedado parado en la ducha. No es que sea un espacio que dé para mucho movimiento, pero me refiero a que estaba yo ahí inmóvil, con la cabeza en el limbo mientras me caía el agua encima. Con la canción y el plano adecuados podría haber sido una buena escena, intensa, dramática, quizá hasta emotiva; pero cuando no formas parte de una película lo único que es es un malgasto de agua.
Lo siento, de verdad.
Pasa que uno no controla donde se queda traspuesto.

No vivimos en una película, está claro, pero ojalá, ¿no? De esas fáciles, por favor, donde el chico conoce a la chica y se enamoran y todo es maravilloso y nada sale mal. De esas en las que hay un amigo que sale poco y siempre solo como elemento cómico. Que no tiene problemas, casi ni vida: su vida es solo vivir situaciones desternillantes, reírse y hacer reír. Y tiene un perro precioso.
Ojalá, pero sin ser ninguno de los protagonitas, qué pereza. Ojalá ser el amigo. Que no se centre la trama en mí: ¡que no haya trama! Que no haya drama.
Qué sueño, ¿no? Vivir de gag en gag.

Y que en alguna de mis escenas tontas mientras los otros dos se dan besitos suene esto.

The Vaccines – All my friends are falling in love

But then sometimes you should go with the flow

Catch my breath


Decían que hay que ir más allá de la superficie, que la belleza está en el interior, que lo esencial es invisible a los ojos; y ahí estaba yo, buceando como un loco, desafiando mi capacidad pulmonar con cada bocanada de aire que no cogía.

Quería encontrarlo por encima de todo, y supongo que eso pesaba más que el riesgo de asfixia.
Quizá no hacía tanto que lo necesitaba, pero parecía una vida. Os ha pasado alguna vez, ¿verdad?, que no sabéis que queréis tanto algo hasta que os ponéis, y parece que lleváis toda la vida soñando con eso, buscándolo.
En eso estaba yo: en buscarlo.

Un poquito más, que aguantas, me dije yo tras el primer espasmo. Que no hay que rendirse, que quien no llora no mama, que para presumir hay que sufrir, que todo eso. Y yo no era un cobarde, ¡eso jamás! Yo era de una casta de valientes, como Simba, que a referente de héroe nadie le hace sombra. No me reía en la cara del peligro por un lado porque siempre hay que mostrar respeto, a todo y a todos, y por el otro porque no se puede uno reír sin aire. Y me faltaba.
Sentía como si se me fueran cerrando los pulmones, que probablemente no sea algo que pueda pasar, pero joder si se siente. Yo siempre lo he sentido todo mucho.

En ese momento, habiendo profundizado más de lo que pensaba posible, aún sin encontrarlo, empecé a sentirlo todo. Lo de los pulmones, pero también el resto. Todo lo que había y no había hecho, el daño que había causado, las cosas que no había dicho, la última vez que no te di un abrazo pensando que no me iba a morir sin darte otro. Y creo que eso era lo de que te pasa la vida por delante de los ojos justo antes de morirte.

Me ahogué.

Lo de que no hay que quedarse en la superficie no siempre es verdad. No fui yo, pero lo encontraron. Lo encontraron a mi lado, junto a mi cadáver.

A veces las cosas flotan.

Kelly Clarkson – Catch my breath

Catching my breath, letting it go…