Si tú me miras


Soy contrario al amor a primera vista, por superficial, pero tú no has visto bien tus ojos, ¿verdad? Es la primera vez que se cruzan con los míos, y sabe algún dios si habrá una segunda, pero ya nos preocuparemos de eso mañana. De momento estamos aquí, ahora, y no es el momento ni el lugar, pero ¿cuándo lo es?
Soy consciente de que ni siquiera hemos hablado, pero nos miramos. Me has mirado desde el otro extremo de la sala y te he aguantado la mirada. Puede parecer una tontería, pero para mí eso ya es mucho: no te creas que aguanto yo miradas por aguantar. Por una mirada, un mundo, que decía Bécquer. Lo que no me queda claro es si te debo solo uno porque entendemos mirada como expresión o te debo un ciento porque sumamos uno cada vez que me buscan tus ojos. Por si acaso deja que vaya creando, que en tus pupilas hallo yo materia prima para tres o cuatro big bangs.

Soy contrario al amor a primera vista, así que llamémoslo de otra forma. Si soy capaz de crear universos, por ti puedo crear idiomas, e incluso ir más allá: ¿quién quiere idiomas pudiendo servirse de lenguajes?
Se me adelantó Alejandro con Si tú me miras, aunque aquí lo mismo se quedaba corto, pues no es un si sino un cuando.
Cuando tú me miras. Cuando tú me miras. Cuando tú me miras.
Y que todo sea eso, ¿sabes? Que el lenguaje sea tú mirándome: que lo hables solo tú, que solo lo entienda yo y a la mierda la comunicación bidireccional. Igualmente me dejas mudo.

Cuando tú me miras yo escucho.

Alejandro Sanz – Si tú me miras

Te enseñaré a decir te quiero sin hablar.

There is no if…


Primera parteSegunda parte – Tercera parte


Lo que no os he contado es que tenía un secreto.
Supongo que recordaréis el incidente del paraguas, ¿no? Fue precisamente ahí donde se dio cuenta.
Se dio cuenta de que existía la suerte, o como mínimo la mala suerte; de que había amuletos y formas de atraerla, como abrir un paraguas en un lugar cerrado. No fue casualidad que corriera al trastero, lo abriera y lo encerrara allí, sino su forma de decirle a la mala suerte que aquel era su lugar.

Desde aquel momento, cada día, justo antes de volver a casa pasaba por un Todo a 100, que conservaba su letrero carente de sentido tras el cambio de moneda, y compraba un paraguas. Uno cada día. Era consciente de las miradas, pero no le importaban, pues aquel ritual formaba parte de su plan.
Una vez en casa, corría hacia la puerta del final del pasillo, la abría lo necesario para poder deslizar el paraguas al otro lado y lo desplegaba allí sin mirar a su interior. Después lo dejaba caer y se alejaba tan rápido como había llegado.
Nunca se lo había contado a nadie, por vergüenza, porque sabía que era una estupidez, pero funcionaba. ¡Vaya si funcionaba! Las cosas no podían ir mejor… y entonces ella, el segundo clavo, quiso saber qué había detrás de la puerta del barniz gastado.

No es nada, respondió nervioso.
Al verlo alterado, ella insistió.
Nada importante, de verdad.
Ella no entendía que guardara el secreto con tanto celo si “no era nada”; él no entendía que ella no fuera capaz de dejarlo correr.
Por favor, imploró él, recordando con temor que aquel día había olvidado añadir un paraguas a su colección.

Entraron en escena entonces los reproches, los me ocultas algo, los no confías en mí y toda esa clase de artimañas que no esperaba de ella. Lo acusaba, y era injusto, y era probablemente culpa de su olvido. No quería abrir la puerta, pero aquello se rompía. Quizá la sala no era ya capaz de contener toda la mala suerte que había dentro. Puede que algo de aquella energía hubiera cruzado al otro lado y los estuviera abrazando mientras discutían, o mientras discutía ella: él se limitaba a mirarla sintiendo cómo pedazos de su corazón saltaban al vacío como quien huye de un edificio en llamas.
Ya no me quieres, sentenció ella, cruel.
Respondió él abriendo la puerta de par en par.

Ella miró dentro y no vio más que paraguas, de todos los tamaños y colores, tantos que era imposible contarlos, todos abiertos. No sabía qué esperaba encontrar, pero definitivamente no era eso.
Se sintió mal por haberlo presionado hasta tal punto, por haber dicho todo aquello que no sentía solo por conseguir saciar su curiosidad.
Yo… lo siento… dijo girándose hacia él. Lo halló inmóvil.
Perdóname, por favor. Sus ojos estaban clavados en el interior de la sala.
No quería… Su cuerpo se desplomó.

Donde ella había visto incontables paraguas él había visto el paraguas, aquel que había logrado olvidar, el que la traía de vuelta al plano físico. Cuando toda la mala suerte del mundo detuvo su corazón se proyectaba en su retina aquella figura temblando bajo el paraguas negro, la de ella, que nunca había cuestionado su amor, que deseaba susurrar te quiero pero era incapaz de hacerlo porque solo hablan los vivos, muerta de frío y sin un brazo del que agarrarse.

The Cure – There is no if…

It was raining hard and you never heard.

Morning comes


Primera parteSegunda parte


Llegó de nuevo junto al sofá, la mesita y el charco blanco donde retozaban cientos de cristales rotos. Sintió el deber de fregar aquel desastre, pero no las ganas. Tú no vas a ir a ninguna parte, dijo hacia la mancha del suelo, así que yo me voy a dar una vuelta. Esbozando una sonrisa reparó en sus palabras, dándose cuenta de que había recuperado eso, las ganas, no de fregar sino de salir, de ver qué había fuera de aquellas paredes de las que él mismo había decidido ser preso. No recordaba la última vez que había salido de aquella casa sin ser estrictamente necesario, pero había vuelto a pasar al fin, y realmente deseaba hacerlo. Las ganas estaban ahí, muchas y muy grandes.
Quién sabe si habrán vuelto también las de vivir.
Tampoco había por qué precipitarse.

Vivía en una de tantas calles que se encharcan en cuanto caen cuatro gotas, así que puso los pies en la acera con cuidado, tratando de no salpicar demasiado. Ignoraba que llevaba meses sin llover, al menos fuera de casa. No es de extrañar que el sonido de sus suelas contra la losa seca lo cogiera por sorpresa.
Miró hacia arriba, y habría visto lo radiante de aquel cielo azul de no ser porque su mirada fue a parar directa al sol, que le obligó a apartarla de inmediato. Parpadeó con fuerza intentando sacudirse aquella silueta negra, y una vez desvanecida vio que tampoco estaba allí el manto gris que tan bien conocía. Todo era nuevo para él, todo estaba lleno de color.

Me llama la atención que el tiempo transcurra siempre a la misma velocidad y que no lo haga la vida.
Lo había perdido todo de golpe, había sufrido una eternidad fotograma a fotograma y fue convencerse de que podía volver a ser feliz y acelerarse el ritmo de nuevo.
Los días transcurrían como minutos, disfrutaba cada instante y no había noche que no se fuera a la cama con algo nuevo por lo que dar gracias, a nadie en concreto, quizá a la vida o al mundo.
Ganó cuanto había perdido: encontró un nuevo trabajo, descubrió aficiones con las que nunca había soñado, retomó el contacto con sus familiares y amigos, rió mucho e incluso se enamoró. Sí, se enamoró, sin por ello olvidarla o dejar de quererla, porque su madera era muy grande y no compartía que un clavo debiera sacar siempre a otro.
Ese fragmento de vida ocurrió también de golpe.


Final


Delta Rae – Morning comes

After the night the morning comes.