Vuelve


Te fuiste, otra vez, y me di cuenta de que había perdido la cuenta, de que lo habías hecho tantas veces que ya se había convertido en rutina. Nos acostumbramos a las cosas que se repiten, sí, pero eso no hace que todas las costumbres sean buenas.

Desaparecías sin decir nada, intentaba buscarte sin suerte y esperaba. Esperaba días, semanas, alguna vez hasta meses. Al final siempre volvías.
Volvías y eso era bueno. Estabas ahí, las cosas se parecían un poco a como eran antes y era como si jamás te hubieras ido… pero te habías ido.
Te habías ido y no me habías dicho nada, ninguna explicación de por qué, y mientras esperaba no podía evitar intentar encontrar esos motivos que era imposible que adivinara. Acababa siempre echándome la culpa, diciéndome que había sido aquello que había dicho o lo otro que había hecho.
Luego volvías. Y hasta te daba las gracias.

No todas las costumbres son buenas.

Al final solo te fuiste una vez.
Nunca llegaste a volver de verdad.

 

Andrés Suárez – Vuelve

Puedes quedarte con la playa y los abrazos. 

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La suerte está echada


Lo que más me costó aprender fue a decir basta.
Nunca veía claro cuándo había llegado el momento de parar, ese punto en el que ya estaba preparado para el examen o no, pero alea iacta est.
A partir de cierto instante estudiar es contraproducente y resta.

Basta.

 

Tan Biónica – La suerte está echada

Construyo sobre arenas movedizas.

Como un burro amarrado en la puerta del baile


Uno lucha, se esfuerza, persigue una meta con ahínco hasta lograrla. Una vez conseguida, después del duro trabajo, no resulta descabellado que ese uno quiera pararse a disfrutar.
Porque se lo ha ganado.

¿Has intentado alguna vez subirte a un burro? El burro no se deja, se resiste, intenta quitarte de encima con todas sus fuerzas. No es tarea fácil, pero una vez montado ¿por qué no dar un paseo?

A veces se alinean los planetas y se consiguen las cosas más difíciles a la primera, como por arte de magia. Sigue sin resultar descabellado que uno quiera pararse a disfrutar, que no es costumbre que sonría el azar, y por qué no.
A pesar de que no se lo haya ganado.

Me subí a tu burro nada más verte, sin querer, sin saltar, sin esforzarme; fue cruzarme con tus ojos y preguntarme por qué habían dejado mis pies de tocar el suelo. No me costó, no luché, pero estoy arriba y, consciente de lo que suele costar asentarse, no veo por qué no debería darme un paseo.
Aunque esté el burro jodidamente loco.

Quizá nunca tenga sentido bajarse del burro.

 

El Último de la Fila – Como un burro amarrado en la puerta del baile

Me tiré de cabeza y me arrastró la corriente.