Run boy run


Vaya por delante que odio correr. Lo hago, alguna vez hasta lo disfruto, pero si ahora me dijera alguien que no voy a volver a correr en mi vida no sería ningún drama. A no ser que fuera porque voy a quedarme sin piernas, claro.

Esto lo pienso un lunes a las 7:11am, a 2ºC, mientras doy vueltas a un parque cualquiera de Londres completamente inundado de niebla. Odio correr.
No me cruzo con demasiada gente. Pocos están tan locos. Ningún otro amigo corredor.
Hay algunos corredores, sí, pero no amigos. Saludo a todos con los que me cruzo y ni siquiera uno me devuelve el saludo. Supongo que están todos muy centrados en eso de darle vueltas al parque, o pensando en cuánto odian correr. ¡Ei!, lo intento de nuevo, pero nada. Ahí va otro.
Todo el mundo dando vueltas, y total para qué.

No sé si has corrido o corres, pero lo más importante cuando intentas cubrir cierta distancia no es la velocidad: lo importante es el ritmo. Cuesta mucho encontrar la cadencia adecuada, que te exija pero que te permita llegar al final. Nada fácil, pero es menos complicada la opción b: copiársela a alguien.
Buscas a una persona a quien creas que puedes seguirle el ritmo y echas a correr detrás, intentando no ir demasiado cerca para que no parezca raro. Te basas en criterios totalmente subjetivos, y más de una vez te equivocas, pero cuando das con alguien de un nivel parecido al tuyo la cosa se hace mucho más fácil.

Yo soy muy de seguir, porque tiene ese factor sorpresa que le da la chispa a algo tan aburrido como es correr. Y porque no hay que pensar. Un lunes a esas horas uno quiere las cosas fáciles.
El problema es que a las 7 de la mañana no hay demasiadas opciones, y hoy parece que todo el mundo está corriendo en sentido contrario al mío, así que aparte de soportar el frío y el tedio tengo que marcar mi propio ritmo. Maravilloso.

Entonces los oigo.

Pasos, o zancadas, o como se llamen. No conozco el término exacto. Alguien está corriendo detrás de mí. Me adelantarán en breve, supongo, pero no: las pisadas se sincronizan con las mías y siguen a mi espalda. ¡Me han elegido!
A alguien acostumbrado a seguir es un honor que le elijan. Todos sus criterios subjetivos le han dicho a esa persona que sí, que tiene sentido tomarme a mí de liebre. Mucha red social, pero nada supera la emoción de un me gusta real. O sí: ¡un seguidor real!

Según lo digo me doy cuenta de lo mal que suena, me entra el miedo y, al rato, las dudas; que yo tampoco soy un ejemplo, ¡si ni siquiera me gusta esto! Empiezo a echar el freno, que pase, a hacerme a un lado, que quede claro que yo no soy ese que se había imaginado, que soy un fraude.
Adelántame, por favor, imagino que digo mediante mis gestos, pero esos pasos siguen detrás, un poco más despacio ahora, como imitando mi velocidad.
Aminoro más la marcha y hacen lo mismo.

Freno en seco.

Me giro.

No hay nadie.

Dicen que cuando alguien muere su espíritu se queda en la tierra hasta que consigue cumplir su misión, lo que fuera que estaba haciendo cuando le llegó la hora. Supongo que dar vueltas a un parque, como misión, es una misión de mierda, y además es imposible de completar.
Los círculos son infinitos.

Todos los que perdimos la vida corriendo en el parque seguimos ahí, dando vueltas muertos de frío, pensando en lo mucho que lo odiamos pero condenados a hacerlo eternamente.
Y nadie saluda.

Woodkid – Run boy run

Run boy run! This race is a prophecy.

Dangerous night


Que a veces el mundo desaparece y ahora es una de esas veces,
que no hay nadie,
tú y yo.

Tú y yo, y si me descuido solo tú,
que uno a sí mismo se mira poco
y cómo si tú eres la alternativa.

Volamos en círculos,
aunque supongo que da igual la trayectoria.
¡Volamos!

Vuelo.
No hago otra cosa desde que te conozco.

Está el parque lleno de gente que no veo,
que no hay mundo,
pero me escondo detrás de una espalda
para ver si te das cuenta,
si me echas de menos,
si vienes a buscarme.

Entonces los veo.

Se miran. Se tocan. Se besan.
Sonríen.

Vuelo a por ti: qué más da quién busca a quién.
Quiero eso.
Mirarte. Tocarte. Besarte.
Sonreír.

Qué más da que no podamos.

Quiero volar a tu lado.

 

Thirty Seconds to Mars – Dangerous night

What a dangerous night to fall in love.

Time after time


La universidad no es como la guardería ni como la escuela, ni siquiera como el hogar, pues los mejores momentos que pasamos en ella los pasamos fuera.
La universidad no es un lugar sino un tiempo, y mis mejores años de universidad los pasé en un parque contigo.

Si dejo a un lado cuando duermo podría decir que escucho música todo el día, generalmente porque me encanta y a veces porque el silencio es de esos valles donde toda voz retumba sin descanso, porque a falta de encontrar el botón que apaga el generador de pensamientos pienso, más de lo que entiendo que debe ser sano, y el eco me roba la cordura.
Ese es el motivo por el que escucho música constantemente, por tratar de no volverme loco.

Hoy ha sido uno de esos días, ya sabes, de esos días, uno después del cual para lo último que me veía capaz era para enfrentarme al eco, y he salido a correr. Correr me relaja, no sé muy bien por qué. Supongo que es por el cansancio físico que de algún modo consigue empañar al otro, a ese que pesa de verdad. Y por la música. Soy incapaz de correr sin música.
Hoy, que ha sido uno de esos días, necesitaba más que nunca correr con la música retumbando en mis oídos, pero al destino se le acababan las pilas y al poco de salir se ha merendado la batería de mi reproductor.
Y ha entrado el eco.

No sabía hacia dónde iba (¿adónde vas?), porque suelo correr (corre) sin rumbo (¿adónde vas?), porque me gusta dejar que sean mis piernas (¡corre!) las que decidan el camino (¿adónde vas?), y de pronto me he encontrado allí (está aquí), en el parque (su parque), tu parque (vuestro parque), nuestro parque.

Necesitaba la música para no verte (respira), para no olerte (siente), para no volver (vuelve), porque recordar los mejores momentos a veces duele (ya es tarde), y ahí estaba ese banco (vuestro banco) desde el que vimos la vida pasar esperando que echara el freno (pero pasaba), desde el que quise quererte sin saber cómo se hacía (siempre tarde), desde el que vi cada primavera en blanco y negro porque el único verde eran tus ojos ().

 

Eva Cassidy – Time after time

If you’re lost you can look and you will find me, time after time.