Pocket full of dreams


Me pasaba mucho de pequeño en sueños que encontraba una moneda, y luego otra, y luego otra. Me pasaba tan a menudo que a las tres monedas ya me daba cuenta: descubría que estaba en un sueño y se me iba de golpe la ilusión.

Hay gente que dice que no le pasa, que no sabe que ha estado en un sueño hasta que se ha ido, pero en mi caso lo raro es no descubrirlo. Siempre hay algo que lo delata, algo fuera de lugar. Me doy cuenta e intento agarrarme al sueño todo lo que puedo, pero suelo poder poco.
Es horrible descubrir que el que está fuera de lugar eres tú, y lo que viene después es pura agonía.

Desde hace un par de semanas cada día encuentro una moneda.
Cada día.

 

Hedley – Pocket full of dreams

I never found a shooting star and there’s holes in my jeans.

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No surprises


Echo de menos mis días como juguete de Kinder Sorpresa, de los de antes, de los que íbamos por piezas; nada que ver con esas moderneces que hay ahora que ya vienen montadas.
Los echo de menos porque todo era más fácil, más cómodo, mucho más interesante.

Podía quitarme un brazo, dejarlo en la mesita y dormir de lado sin chafarlo, sin que se durmiera él también. Nunca está de más tener un brazo despierto y vigilante a tu vera mientras duermes, por si de noche te asaltan los demonios. O los mosquitos.

Ser un juguete estilo IKEA era muy útil también para viajar. ¡La de veces que me habré recogido y me habré guardado en el bolsillo de alguien para que me llevara a mi destino! Y sin necesidad de que mi transporte supiera que estaba actuando como tal.
Aunque sin duda, en este aspecto, lo que más echo de menos era cuando me metía en mi huevo de plástico amarillo, me lanzaba al retrete y esperaba a que alguien tirara de la cadena. ¡Ríete tú de la montaña rusa más empinada!

Sin embargo, por encima de todo, lo mejor de ser un juguete de Kinder Sorpresa de los de antes era la ilusión.
Antes de salir al exterior por primera vez notabas que te agitaban, veías cómo las paredes de tu huevo se aclaraban al bañarlas la luz cuando se rompía el huevo exterior de chocolate. Entonces te abrían, a veces con las manos, otras con los dientes (esas daban más miedo), y ahí estaban ellos, con sus caritas de sorpresa, de alegría, de emoción.
Te cogían y te montaban como si fueras el tesoro más valioso del mundo. Jugaban contigo durante días, semanas e incluso meses, hasta que te perdías, tú, por voluntad propia, para volver a encerrarte entre muros de chocolate y dejar que otros niños te disfrutaran. Hacías lo mismo una y otra vez, hasta que decidías no volver a enterrarte jamás en dulce, porque era ya el momento de empezar tu vida en solitario. Nadie volvería a encontrarte jamás dentro de un huevo, porque sin necesidad de que te visitara el Hada Azul te habías convertido en un niño de verdad, de una sola pieza.

Me fui porque quise, crecí porque deseé hacerlo y soy feliz; pero echo de menos mis días como juguete de Kinder Sorpresa, de los de antes, de los que íbamos por piezas.

Radiohead – No surprises

I’ll take a quiet life.

Little balloon


Monté el árbol el otro día, me puse a decorarlo y vi que no me bastaba, que yo lo que quería era ir más allá: decorar el mundo. Puse mis bolas en una mochila y me eché a la calle.
Encontré cientos de huecos a los que les faltaba algo de vida, de alegría… y se la di.
Fui colgando mis adornos aquí y allá, pero por cada lugar que decoraba siempre hallaba dos más faltos de magia. Me había propuesto alegrar el mundo y cada vez estaba más desalentado, pues descubría que el mundo a cada intento se hacía más grande, mientras que mis ornamentos se veían más insignificantes.
¡Globos!, pensé, que yo soy de pensar palabras sueltas. Llené mi mochila de ellos, muchos, de mil colores, y seguí con mi camino. Soplé y soplé, como el lobo del cuento, creando ilusión; o eso pensaba yo.
Subí escaleras, trepé muros y me descolgué de puentes, pues los lugares que identificaba eran cada vez más inaccesibles. A cada globo colgado más crecía esa sensación de que estaba haciéndolo bien, de que aquello era algo bonito.

Algo bonito.
Había pasado horas colgando primero adornos y luego globos que estéticamente eran perfectos. Y entonces lo vi a él.
El último globo era un globo raro. No sé qué tenía, pero tenía algo que si esto fuera un cuento diría que lo hacía especial, pero en verdad lo hacía feo; o eso pensaba yo. Estamos acostumbrados a cuantificar la belleza en términos superficiales, a catalogar lo bonito en base a criterios vacíos, a escribir frases rimbombantes que al final no dicen nada.
Pensaba que había estado haciendo del mundo un lugar mejor y lo único que había hecho había sido llenarlo de aire.

Sostuve el globo raro entre mis manos y esta vez, en lugar de soplar, volqué en él lo mejor de mí. Lo inflé con sueños, con amor, con sonrisas y con todas esas cosas que me sobran, no en sentido de que no las quiera sino de que tengo a raudales (no olvidemos que esta es mi postal y aquí, aparte de para decorar el mundo, estoy para echarme flores). Siendo el globo más feo que había visto nunca era el mejor globo que había inflado jamás. Le até una cuerda y me dispuse a colgarlo, pero ¿dónde?
La pregunta me dejó bloqueado durante horas, hasta que me di cuenta de que el problema de la pregunta era la pregunta misma, que en realidad no era ¿dónde? sino ¿con quién?

La postal de este año es la respuesta.
Probablemente no sea la mejor postal que veas, y sí, el globo es feo, pero por una vez vamos a quedarnos con lo que hay dentro.
La vida no siempre es perfecta, pero te juro que este es mi mejor globo, y este año quiero que lo tengas tú.

¡Felices fiestas!

Postal 2014 - Zhalwa

Jenny & Tyler – Little balloon

No one is able to steal what is in your hands.