Quién me ha robado el mes de abril


Te leía poco a poco porque por cada página tuya yo escribía otras diez en mi mente, que cada uno de tus gestos evocaba diez ideas y diez sensaciones cada palabra. No era capaz de leerte más deprisa porque no estaba seguro de poder sentir tanto en tan poco tiempo.
Te leía con calma porque si lo importante es el viaje para qué correr.
Te leía despacio por miedo, a malgastarte, a que te acabaras.
Te leía.

Ahora me han quitado el libro y no sé cómo sigues.

Joaquín Sabina – Quién me ha robado el mes de abril

Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón.

No se puede más


Desde niño he usado los sueños para escapar, porque existen muchos mundos y por qué no iba a querer yo explorarlos.
Siempre me ha gustado explorar, descubrir lo desconocido y quitarle el des.
He soñado mucho, aunque dicen que todos lo hacemos; pero yo a menudo tengo la suerte de recordar esos viajes. Recuerdo cada color, cada palabra, cada gesto.
He soñado tanto que no siempre he tenido claro qué era real y qué no; tanto que a veces me he preguntado si no era este mundo el sueño.
De un modo u otro esos mundos siempre eran mejores que este, no porque este fuera malo, pero siempre se puede ir a más, ¿no?

Ayer fue domingo. Lo pasamos juntos. Me fui a dormir…
…y soñé con cada color, cada palabra, cada gesto.
Quizá no siempre se puede ir a más.

Pastora – No se puede más

Y es que sí se puede más, sí se puede más, sí se puede más.

Lo siento


Hay quien lo llama corte de mangas y quien lo llama peineta. Ya sabéis, eso de enseñarle el dedo del medio a alguien. Yo no lo llamo, pero alguna que otra vez lo hago, y debo confesar que acabo de obsequiar con semejante gesto obsceno a una señora mayor. Tal cual.

Os pongo en antecedentes.

La sala más grande de mi gimnasio tiene dos puertas dobles situadas en los extremos. Hay unas señales preciosas (en realidad son normales) que indican que por un lado se entra y por el otro se sale. Hasta ahí bien. Nadie se sorprenderá si digo que por lo general la gente les hace tanto caso o más a esas señales que a las de tráfico. Esto es España, amigos.
Yo soy el primero que defiende el orden y el hacer las cosas bien, pero llega un momento en la vida en el que te rindes, y tampoco es tan importante, que son puertas.
Si no puedes con tu enemigo únete a él. Yo un día decidí que me unía. Desde entonces básicamente entro y salgo por donde me va mejor, pero como todo el mundo, ¿eh?

– ¿Y si todos se tiran de un puente?
– ¡Ya te lo expliqué una vez, mamá! ¡No me líes!

Hoy he ido a hacer una clase de Body Pump, he entrado por donde se entra y lo he dado todo. Literal. He dado tanto que al acabar tenía la sensación esa que tiene uno en los sueños de que no lleva ropa, y hasta lo he comprobado, pero llevaba.
Me costaba andar mientras recogía, porque estaba CANSADO. Lo pongo en mayúsculas porque estaba muy cansado. En plan mucho. He terminado de dejar mis trastos justo al lado de la puerta de entrar, que no es salir, pero qué tentador, ¿no? Y he salido. Llamadme loco.

¿Qué me esperaba fuera? Un montón de señoras mayores de esas que hacen Zumba.
No tengo nada en contra del Zumba y odio generalizar, pero la gente que hace Zumba… haría el chiste fácil de que está zumbada, pero lo mío es más el humor inteligente. La gente que hace Zumba no es trigo limpio. No son trigo limpio porque si lo fueran no serían gente. Ojalá fueran trigo, aunque estuviera sucio.
Una mujer de esas sola es inofensiva, pero un grupo es aterrador. Se crecen.
Ahí estaba yo, criatura indefensa, agotado y saliendo por la entrada.
– Es por allí, ¿eh?
– Disculpe, señora.
Pero no iba a permitir que la cosa terminara ahí, ¿verdad?
– Disculpe, disculpe… – os podéis imaginar el tonito – ¡Que es por allí!
La increíble sensación de venirse arriba.

¿He dicho ya que estaba cansado? No podía con mi alma, y dar la vuelta no era una opción.
Muy digno yo con mi camiseta pegada al torso por el sudor he seguido mi camino, atravesando esa multitud de adictas al Zumba que me miraba meneando la cabeza con el típico gesto de estamos condenados.
– Lo siento.
¡Pero es que no lo sentía! ¡No lo sentía ni un poquito!
Y se reían, vaya si se reían. No podía verlas porque ya las estaba dejando atrás, pero las escuchaba, las hienas de El rey león, más viejas, más feas, con más mala idea. Todo más. Y muchas más.
Podría (y quizá debería) haberlo dejado ahí, pero si en vez de cien hubieran tenido veinte años las habría mandado a la mierda sin problemas. ¿A partir de qué edad puedes comportarte como un imbécil y está mal que la gente más joven te lo diga? Quiero saberlo de verdad, porque yo creo que esa gente lo sabe, que el día que soplan las setenta velas o las que sean no piden deseos porque ya tienen todo lo que quieren: la inmunidad.
No lo siento señora, y le diría un par de cosas, pero estando tan cansado si hablo es muy probable que me trabe y parezca medio lelo, así que aquí tiene usted mi dedo.

Puta.

Christina Rosenvinge – Lo siento

Lo hago sin querer. Lo siento.