Frío, Frío


Ya no hacen juegos como los de antes, donde el nombre es además las reglas y no hace falta saber nada más. Nadie pregunta cómo se juega si propones jugar al pilla pilla.
Otro de esos grandes clásicos es frío frío, caliente caliente, que quizá necesita algo más de explicación porque puede estar tibio, pero poco más. A pesar de lo simple que es, pocas emociones se comparan a estar cerca, caliente, más cerca, muy caliente, aún más cerca, ¡te quemas!
Y ahí está, lo que fuera que andabas buscando.

Ahora que ya soy mayor me dedico a culpar a mi infancia de todo lo que me pasa. Supongo que es normal. De pequeño alguien me dijo tal y ahora mira. Supongo también que la mayoría de las veces son excusas, pero alguna vez tengo que tener razón, y estoy convencido de que esta tiene muchos números.

¡Te quemas!
¿Por qué? Es decir, ¿no tenemos el sentido del tacto para evitar situaciones como esta? Los corpúsculos de Ruffini para ser precisos (sí, lo acabo de buscar en Google).
Nuestra evolución nos dice que si algo está muy caliente nos apartemos, pero ahí está nuestra infancia diciéndonos todo lo contrario: que si está muy caliente es que casi lo tenemos, que sigamos, que un poquito más…

No es tu culpa si no te apartas a tiempo o si no sabes decir basta: la culpa la tienen los hijos de p niños esos de tu clase. O tus padres. O la profesora aquella que no estaba a lo que tenía que estar cuando le tocaba patio.
Tú nunca.

Juan Luis Guerra feat. Romeo Santos – Frío, frío

Forjado de recuerdos

Devuélvemelo


Si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo, decía Albert Einstein, aunque supongo que no exactamente así, que hasta donde sé no hablaba castellano.
Tiene sentido, supongo también, pero hoy se me antoja leer la frase al revés; tampoco exactamente, pero casi.

Si buscas lo mismo no hagas cosas distintas.

¿Por qué íbamos a querer siempre resultados diferentes? ¡Qué horror! Que nos hicimos sedentarios por algo.
A veces las cosas funcionan, van, y a todos nos gustan las cosas que van.
Pero a veces las cosas dejan de ir.

Las cosas pueden dejar de funcionar por muchos motivos: porque faltan pilas o gasolina, porque alguna pieza se ha movido, porque han caído víctima de la diabólica obsolescencia programada.
O porque alguien ha tenido la brillante idea de hacer cambios.

Si algo funciona no lo toques, dicen también por ahí, pero al mismo tiempo nos venden que hay que reinventarse, que somos gusanos a punto de convertirnos en mariposas (pasando por capullos más o menos tiempo según la persona). Lo que no nos dice nadie es que después de la fase final de esa metamorfosis algo nos vuelve a convertir en gusanos, sin previo aviso, porque sí. Y otra vez a empezar.

Vivimos inmersos en un continuo viaje de evolución que según se mire no nos lleva a ningún sitio. Nos arrastramos, volamos, nos arrastramos, volamos, nos arrastramos… bastante monótono para lo que cabría esperar de un cambio constante.

Las cosas a veces no solo no van, sino que se van. Y las dejamos. Porque estamos ocupados con otras, o porque tampoco son tan importantes, o porque no nos damos cuenta.
A veces, de pronto, en ese viaje con más o menos sentido, nos da por echarlas en falta. Nos da por pensar, y con un poco de suerte hasta empezamos a sospechar que ese alguien que tuvo la brillante idea de hacer cambios que nos llevaron a perder según qué fuimos nosotros mismos. Ríete de El Club de la Lucha. Y ya llegados hasta aquí, con el algo en mente y toda la reflexión hecha, ¿por qué no dar ese último paso y resolver el misterio de qué hicimos para perderlo?

A lo mejor aún podemos presionar CTRL+Z y volver a la mariposa 117, que a lo mejor la evolución va de eso, de ver qué mariposa nos hacía sentir más completos y volver a por ella.

Babi – Devuélvemelo

Mi tiempo, mi tiempo…