World so cold


Londres es esa ciudad fría donde la gente entra en un ascensor y no dice nada.
Parece que se ha quedado buen día.
Decían que hoy iba a llover y mira qué sol.
Uf, lunes
.
En Londres no.
Nada.

Fuimos nómadas un rato, pero enseguida nos dimos cuenta de que aquello cansaba y además alguien había inventado el sofá. Sedentarios desde entonces.
Alguien inventó también las escaleras, pero nosotros, siempre en continua evolución (entendida como el esfuerzo por hacer cada vez menos), inventamos el ascensor.
Nadie sube andando ahora. Y en Londres en los ascensores no se habla.

He preguntado a gente de aquí que por qué, que qué frío, que qué feo.
Ellos dicen que lo incómodo es hablar, que qué frío, que qué horror.
¿Ni hola?
Ni agua.
Pues vaya.

Ahora subo siempre por las escaleras.
Mucho más cálido.

 

Three Days Grace – World so cold

I’m too young to lose my soul

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The end


Me acerco al ascensor y, como si lo viera por primera vez, me fijo en el cartel que hay a su lado en la pared: No utilizar en caso de emergencia. Le dedico un par de segundos y enseguida llego a la conclusión de que el mensaje no es para nada correcto. Como mínimo faltan datos.


Mi mujer está embarazada. Ha salido de cuentas. En cualquier momento puede ponerse de parto. Voy a trabajar, como todos los días de la última semana, en tensión. Una vez en la oficina no pierdo de vista el móvil. Compruebo cada tres minutos que no haya ningún icono de llamada perdida en la pantalla, por si, a pesar de tenerlo delante, se me hubiera pasado. Aunque sea imposible. Entonces suena. El niño (se me había olvidado deciros que es niño) se ha animado a salir. Cojo mis cosas corriendo, me levanto de la mesa y salgo disparado hacia el ascensor. En ese momento veo el cartel: No utilizar en caso de emergencia.

¡Mierda! Esto es una emergencia, ¿no? No le encuentro el sentido, pero echo escaleras abajo: si el letrero dice que el ascensor no puede utilizarse en caso de emergencia será por algo.

Trabajo en el piso veintitrés, que eso tampoco lo había comentado.
Intento acelerar al máximo, y bajar los escalones uno a uno no es lo más óptimo. De dos en dos mucho mejor, pero aún podría hacerlo más rápido: de tres en tres. Voy subiendo la apuesta hasta alcanzar un punto en el que mi velocidad es mayor de la que puedo controlar, así que tropiezo y empiezo a caer. Eso en el piso diecinueve.
Todo deja de dar vueltas en la planta trece. Por fin.

Grito, o más bien susurro lo más fuerte que puedo.
Ciento veintitrés segundos después (estoy tirado en el suelo, lleno de cortes y magulladuras, seguramente con algo -o muchos algos- roto -s-, no puedo moverme y lo único que se me ocurre para hacer más llevadera la agonía es contar los segundos) aparece una señora de la limpieza. Se asusta. Se estresa. Grita. Lo suyo sí que es gritar.
Catorce segundos y empieza a llegar gente. Alguien tiene la brillante idea de coger un móvil y llamar a una ambulancia.
Mi mujer está dando a luz, llevadme al mismo hospital que ella. No estoy seguro de cuál es, pero creo que es el San Juan de Dios. Es decir, lo más probable es que sea ese, ¿no? El setenta y pico por ciento de los hospitales se llaman así, si no más. Llevadme con ella… con ellos. Quiero ver a mi hijo, aunque sea sólo una vez.
Es mucho más fácil pensarlo que decirlo. Por las caras que me miran desde arriba intuyo que nadie está entendiendo nada.

Me acuerdo del hospital en el que nací, el día que nací. Es curioso, porque uno no tiene recuerdos de entonces, pero lo veo perfectamente, como si estuviera allí. Eso y mil cosas más.
La casa donde me crié. Mis padres. Mis hermanos. Navidad. El colegio. Los veranos en el pueblo. La familia. El instituto. Mi primer amor (una guarra, todo hay que decirlo). La universidad. Los amigos. Las fiestas. Ella. La graduación. El baile. Los fuegos artificiales. El trabajo. Los cumpleaños. Nuestra primera Navidad juntos. Sus ojos cuando me dijo estoy embarazada. Las lágrimas. Los preparativos. La habitación pintada de azul. La cuna. La espera.
La espera.
Tarde.
Muero.
Mi hijo nace huérfano.

Lo sentimos. De haber llegado unos minutos antes probablemente habríamos podido salvarlo, le dirán luego a mi mujer, pero no pudimos hacer nada: eran trece pisos… y había un cartel.

Puto cartel.

The Doors – The end

Desperately in need… of some… stranger’s hand.

The stairs


El primer peldaño cruje bajo tu zapatilla.
Ahora ya saben que vas. Quién no importa. Ellos. Los de arriba. Lo saben. Pero tienes que subir.
El segundo peldaño cruje bajo tu otra zapatilla. No podías esperar algo diferente.
Las zapatillas son iguales. Casi iguales. Una se curva hacia un lado. La otra hacia el otro. Por lo demás son iguales. El segundo peldaño es igual que el primero. Está un poco más arriba. La madera está un poco más vieja. Por lo demás es igual.
El tercer peldaño cruje bajo la misma zapatilla que ha hecho temblar al primero.
Lo saben. Probablemente se estén preparando. A lo mejor ya están preparados. Quizá lo hayan estado siempre. Es posible que hayan estado esperando este momento toda su vida. Ellos. Los de arriba. Pero tienes que subir.
Te lo has preguntado tantas veces. Qué habrá ahí arriba, al final de la escalera. Seguramente una puerta. Al final de las escaleras siempre hay puertas. Lo has pensado tantas veces. No puede ser más que una puerta. No tiene sentido tener miedo. Nadie tiene miedo de las puertas. Una puerta nunca se ha comido a nadie.
El noveno peldaño cruje.
Cuentas los escalones de todas las escaleras que subes o bajas. Setenta y ocho para llegar de la calle a la oficina. Cincuenta para subir a casa. Cuarenta y siete hasta el metro. No tienes ni idea de cuántos hay desde donde estás ahora hasta el final de la escalera. Hasta la probable puerta.
El vigésimo tercer peldaño cruje.
Lo saben. Ellos. Los de arriba. Que vas. Están detrás de la puerta. Cada vez está más cerca. La puerta. Tú. Ellos. Te esperan. Los de arriba.
No has subido lo suficiente el pie derecho. Choca con la madera. Frío. La zapatilla cae. Rebota hacia abajo. Los escalones la reciben con una decreciente ola de crujidos. Te giras para seguirle la pista. No ves el final. Estás demasiado arriba. Los escalones se pierden en la oscuridad.
Un peldaño cruje.
No sabes cuál ha sido. Ha sonado por abajo. No has visto nada. Lo has sentido.
La oscuridad avanza. Trepa por al escalera. Hace ruido porque no teme que sepas que va a por ti. Tienes miedo. Tu pie derecho descalzo sube un poco más que antes. Baja buscando el suelo. Tu cabeza sigue mirando hacia abajo. No hay suelo. Pierdes el equilibrio. Te giras. Estás arriba. Al final de la escalera.
Un peldaño cruje.
Era cierto.

 

We dare to hold on to our fate.