El viento

Quería que la primera entrada del año fuera algo especial, por aquello de empezarlo con buen pie, pero me di cuenta luego de que esa idea contradecía por completo mi última entrada de 2015, y es que nos dejamos llevar.

Quiero escribir ahora como si no hubiera pasado nada, porque no ha pasado nada, pero soy incapaz. Es un nuevo año, dice mi cerebro, ¡es la primera entrada del año! ¿Y qué? Es la entrada de un domingo más, la primera de otra semana cualquiera, salvo porque no es otra semana cualquiera.

Odio cuando sé que algo es estúpido pero se empeña mi cabeza en sentirlo igualmente, como el hambre de helado o el amor.

Intento imaginar que no es tres de enero sino de abril, pero soy consciente de la mentira y no funciona. Nochevieja es como la barra aquella que tenía Will Smith en Men in Black: un reset.

Es la primera entrada del año.
Arranco el motor y me alejo de ese agujero negro al que dieron a luz doce uvas. Siempre me habían parecido inofensivas las uvas. Conduzco con la ventanilla bajada pues ya no es serio esto del invierno. No uso el retrovisor: ahí atrás no hay nada. Nada.
Un autoestopista de pie sobre el arcén sostiene un trozo de cartón. Freno a su lado para leer que en su cartel está escrito lo mismo que en mi espejo: nada. Sube, te digo, voy en esa dirección. Y arranco de nuevo.

Te estaba esperando.

 

Manu Chao – El viento

Por la carretera, por la carretera…

Alive

I’m alive! I’m alive! I’m alive!

Aprendimos de pequeños a aprender por repetición, y dicen que quien tuvo retuvo.
Yo tuve. Yo retengo.
Somos costumbres.

Dicen también que una mentira repetida muchas veces termina convirtiéndose en verdad. Y es cierto.
¿Qué ocurre entonces si repetimos una verdad?

¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo!

Claro que lo estoy. Aquí todos lo estamos, ¿no?
Pero el tema no es ese: no es estarlo sino sentirlo.
¿Nos sentimos vivos?

Voy en el coche pasando de una emisora a la siguiente sin encontrar nada que me haga levantar el dedo del botón que avanza la frecuencia. Otra. Otra. Otra. Otra. Un momento.
Llego a una canción a medias. La reconozco. Me gusta. ¿No odiáis cuando encontráis un algo y sentís que ya se acaba?
Cuando de pequeño estaba con mis hermanos en algún sitio y llegaba la hora de irse decíamos una frase, siempre la misma:  justo ahora que empezábamos a pasárnoslo bien.
A lo mejor solo disfrutamos realmente de las cosas cuando sentimos que se acaban.

Pero el vaso está medio lleno: queda media canción, conozco el estribillo, que algún dios bendiga a esos temas de estribillos fáciles y sentimientos complejos.
Grito.
Grito porque uno solo en su coche es él mismo, porque es como si todo ese espacio fuera un extensión de la propia mente. Grito y se queda dentro. Lo exteriorizo internamente. No tiene sentido, pero es un sinsentido que me pone la piel de gallina, que me despierta, que me hace sentirlo.
Y se trata precisamente de eso, porque no es estarlo, sino sentirlo.
Estoy vivo.

Sia – Alive

I’m still breathing.

Outcast

Si hay algo que nos une a los humanos es el hecho de tener miedo, con razón algunas veces aunque la mayoría de ellas sin motivo. El mundo es un lugar aterrador, ¿verdad?, lleno de fantasmas y monstruos horribles. Y si un día te levantas positivo no te preocupes: enseguida aparecerá un buen samaritano que se ofrezca a prestarte alguna de sus fobias.

Tenemos miedo a cosas tan terribles como quedar a horas que no son múltiplo de cinco, los hidratos de carbono, las bombillas que parpadean y los lunes. Acojona, ¿eh?
Nos vemos mañana a las cinco y trece, dijo nadie nunca.

¿Pero sabéis que os digo? Que yo estoy en contra de toda esta discriminación, en contra y harto.
¡Y que me encantan los lunes!

Hoy, por ejemplo, he madrugado más que de costumbre para no coger tráfico en la carretera, porque me gustan los lunes y me levanto pronto para que duren más. ¿Qué diríais que me he encontrado? ¿Caravana? ¡Premio! Accidente múltiple, de seis coches nada menos. Hacía tiempo que no llegaba tan tarde a la oficina.
Una vez allí he abierto el correo y tampoco es que hubiera muchos mensajes, pero había uno en concreto que es de esos que ya sabes que van a explotar antes de verlos, como en Misión: Imposible pero sin el tiempo de cortesía. Y boom.
Como si la explosión no hubiera sido suficiente, de la nada han empezado a salir tantos pollos que para seguir con las comparaciones cinematográficas diré que parecía aquello Evasión en la granja, salvo porque los pollos no huían, sino que corrían a mi alrededor.
Pero adoro los lunes, ¿eh?

Hay algo que a lo mejor no sabéis de mí, y es que cuando salgo a correr, cosa que hago con bastante frecuencia, prefiero las cuestas que los llanos; que a mí me haces correr unos cuantos metros en horizontal y me vengo abajo, pero ya me puedes dar kilómetros de montaña que yo tiro, y tan feliz.
Dicen que en momentos así ayuda visualizar la cima, pero cuando el pico es muy elevado cuesta ver donde termina, y aunque lo consigas suele estar lejos, lo cual no lo convierte en la imagen más reconfortante.
Yo soy de mirar por donde voy. En el ascenso, además, no puedes ir poniendo el pie por ahí a lo loco, pues si tropiezas estás muerto.

Hoy ha sido un poco eso, correr montaña arriba, y esquivar balas; porque ¿qué gracia tiene subir al Everest si no te van disparando por el camino?
En cierto punto de la tarde tenía la sensación de que me llegaban balas por todos los flancos, tantas que apartarme no era ya una opción, así que he empezado a recibirlas con una sonrisa. Me veía verde, en plan Hulk, absorbiéndolo todo y haciéndome cada vez más grande, dejando el traje hecho trizas pero aplastando obstáculos como si no hubiera un mañana.

Y hay un mañana, que de hecho empieza en nada, pero lo malo es que será martes, por lo que faltarán seis días para que vuelva a ser lunes.
¡Ha dicho lunes! Qué miedo, ¿no?
Los lunes siento que no tengo miedo de nada.

Shinedown – Outcast

I’m just feeding my appetite.