Would you go with me


A lo mejor me lo he pensado mejor y sí que quiero darte la mano siempre, en plan SIEMPRE, cogértela hoy y ¡hala!, hasta que el cuerpo aguante; y tengo que decirte que últimamente estoy entrenando mucho, así que es posible que el cuerpo aguante bastante. No es un problema, ¿verdad?
Prometo no apretar a no ser que me lo pidas, no pegar tirones y aprovechar cada vez que te despistes para hacerte caricias con el pulgar, porque soy así y mi pulgar está muy loco.

 

Josh Turner – Would you go with me

If i gave you my hand would you take it and make me the happiest man in the world?

Anuncios

Catch me while I’m sleeping


La inspiración no se busca: te encuentra; pero cuando no viene a verme yo igualmente me siento delante del folio en blanco. ¿La estoy buscando? Podría parecer que sí, pero a mí me gusta pensar lo contrario, que simplemente la espero, que igual que nosotros usamos puertas para entrar a los sitios ella se sirve de lienzos y trozos de papel por estrenar para alcanzarnos.

En ocasiones es instantáneo, como un flechazo: ve el folio y acude rauda a mi encuentro. Otras veces no ocurre nada: no siempre que abras una puerta sin que nadie llame vas a encontrar a alguien al otro lado. Lo normal, de hecho, es que no suela haber nadie. No obstante, yo la puerta no la cierro: me voy a dormir, que suelo escribir de noche, dejando el rectángulo blanco sobre la mesa.

No la oigo entrar, que si no usas puertas nunca das portazos, pero entra. Entra y revolotea por el salón buscándome. No sé si me huele o me escucha, pero me siente. La inspiración es como una madre y sabe siempre encontrarte.
Se acerca a mí mientras duermo y me arropa si ve que tengo frío, me acaricia la mejilla que no estrecha la almohada, sonríe en silencio y me besa en la frente.

Cuando siento sus labios abro los ojos, pero ya no está.
Un simple beso, y lo es todo.

P!nk – Catch me while I’m sleeping

‘Cause it’s all a dream to me anyway.

Dark places


– Dame un pósit.
Se lo di.
– Déjame un boli.
Se lo dejé.

Fui a dejar la chaqueta, y al volver, de improviso, su mano describió un arco directo a mi corazón, donde pegó como por arte de magia el cuadrado de papel amarillo. Os juro que fue así, que de algún modo que no alcanzo a comprender atravesó mi pecho y colocó aquel pósit en el que había escrito su nombre sobre la superficie de mi corazón.

Los pósits en el corazón son igual que los restos de comida en la barba: si no los ves o los tocas enseguida olvidas que están ahí.
Normalmente los corazones no se ven, al menos mientras estás vivo, y rara vez se tocan, por lo que uno podría pensar que la historia debería acabar aquí… pero no.
Los corazones se contraen y se dilatan, sístole y diástole lo llaman. Cuando algo que tiene un apéndice se mueve, este lo hace también.

Lo percibí al inicio como algo agradable, una especie de caricia: el corazón latía, recordaba la nota, preguntaba: “¿dónde está?”, respondía yo: “está aquí”, y sonreía. Sonreía él, porque los corazones también sonríen. Sonreía yo, pues es imposible no hacerlo cuando te estalla el pecho en carcajadas.
Cada latido se trasladaba a mi rostro.

Habiendo avisado desde un principio, pero aun así de repente, se fue, lo cual tornó esa caricia periódica en una secuencia infinita de pinchazos: el corazón latía, recordaba la nota, preguntaba: “¿dónde está?”, respondía yo: “se ha ido”, y dolía. Cada latido dolía.
Cada latido duele.

Como ya he dicho, desconozco cuál es la magia que empleó para colocarlo ahí, así que soy incapaz de quitarlo; aunque lo pienso bien y no quiero: ese trozo de papel, que debe haber mudado de amarillo a rosa, aún conserva su nombre, y no se me ocurre mejor sitio donde llevarlo.
Quizá deba probar algo diferente.

El corazón late.
Recuerda la nota.
Pregunta: “¿dónde está?”
Respondo:

The Gaslight Anthem – Dark places

If I thought it would help I would carve your name into my heart..