Clone

Equivocarse es lo de menos: el arte está en hacer creer al resto que era ese error lo que buscabas y no otra cosa.

¿Recordáis la postal de Navidad de hace dos años? ¡Claro que no! Ni siquiera la recuerdo yo, pero todos nos emocionamos en su día y lo sabéis
(Aquí os dejo el enlace para que podáis refrescar la memoria)
Cuando estaba ideándola en ningún momento me pasó por la cabeza hacerme una foto con un globo feo. ¿Qué sentido podía tener algo así? Pero lo hice, sin querer, y lo vi tarde, cuando ya estaba desmontado el chiringuito y no había vuelta atrás.
Podría haber seguido adelante deseando que nadie se diera cuenta, sabiendo que todo el mundo se daría cuenta pero nadie diría nada (siendo Navidad quedaría feo); o podría haber hecho lo que hice: dirigir desde un principio ahí las miradas, convertir al error en protagonista absoluto como si hubiera sido ese el plan desde el primer momento.

Da igual meterse en un jardín mientras desde fuera piensen que estás buscando flores.

El clon está listo. No ha quedado perfecto, pero necesito escapar de todo esto, y sé exactamente cómo aprovechar cada uno de sus fallos.
Lo he engordado. Le he teñido el pelo. Le he quitado la barba.
¡Vaya cambio!, le dirá la gente. ¡Vaya cambio! es todo lo que la gente dice cuando te has echado a perder, porque lo contrario queda feo aun no siendo Navidad.
Se preguntarán por qué lo he hecho, por qué ese color, por qué no hay vello facial, por qué estoy gordo. No oiré ninguna de esas preguntas, pues ya no estaré aquí.
Yo no.

Le he enseñado a escribir en el blog.

 

Metric – Clone

Happened on the safe side.

Colour me in

Lo que pasa es que tú no te ves. Te limitas a estar, a seguir adelante, quizá a fluir, pero sin verte. Sabes que estás porque… bueno, lo cierto es que no sabes decir por qué, pero tampoco es que lo necesites, ¿no? Uno está y ya está, sin más.
Y no te ves.

Te lavas los dientes al menos un par de veces al día, te peinas, te vistes… probablemente delante de un espejo. Quizá en algún momento de tu rutina diaria te subas a un ascensor, o a varios, y en la mayoría de ellos hay también espejos. Puede que pases frente a escaparates, puertas de edificios, coches… que no son espejos en sí mismos pero igualmente te reflejan.
Y no te ves.

Tus ojos captan tu figura, vale, y eso es verse, pero no te dedicas más que un instante, no te fijas en ti, no te observas ni te examinas. Eso también es verse, verse de verdad en mi opinión. ¿Y sabes qué? Que no te ves.

Piensas que sí, pero es que pensar que no sería muy triste, aunque sea cierto. A veces toca, ¿sabes? Hay que afrontar las cosas, aunque no sean fáciles. Se llama mejorar.
Puestos a afrontar, voy a dejar de hablar en segunda persona para seguir en primera.

El hecho es que no me veo. Vivo, y no me va mal; y disfruto y no tengo queja, pero no me veo. ¿Por qué no me veo? Diría que nadie se ve realmente, pero sería echar balones fuera. La respuesta es que no lo sé: no sé por qué no me veo.
Supongo que tiendo a ser demasiado crítico conmigo mismo, a pasar por alto mis puntos fuertes, a no dar valor a aquello que quizá no me hace único pero sí me hace especial. Supongo que por miedo a parecer prepotente me diluyo, y al atenuarse mis líneas no me distingo.

Hoy he visto un dibujo. Mi primer pensamiento al verlo ha sido ¡Wow! Hombre de palabras que es uno. Ya sabéis (o no) que yo el wow lo pienso en inglés, que en castellano me suena a ladrido, y alguna vez ladro pero no ha sido el caso.
Hoy me han dibujado y me ha costado reconocerme. Ha sido entonces cuando lo he pensado, cuando me he dado cuenta de que no me veo. Me han hecho un dibujo y es bueno, muy bueno. El mérito es del artista, cuyo increíble talento no se limita a las líneas y a los colores. Él va más allá. Él mira. Él observa. Él ve.
Y me ha visto.
No son solo las formas, sino el gesto, la expresión. Miro el dibujo y veo mi esencia, esa que yo tiendo a obviar. Me veo.
Pienso en el proceso, en la observación, en la atención a los detalles. Aprendo a verme.
Es una obra de arte, sí, pero al mismo tiempo es una lección.

Gracias.

Damien Rice – Colour me in

And then… colour me in.

Dusting down the stars

Te pones los auriculares. Sales a la calle. Aún es de día, pero el sol se ha escondido ya.
Decenas de objetivos te enfocan. Eres el centro de un videoclip.

Obviamente es mentira, pero que todo el mundo se mueva a cámara lenta te hace seguir sospechando, aunque solo sea un poco. Sí, van a cámara lenta, porque es uno de esos videoclips de ver crecer la hierba.
El viento sopla con fuerza, tan despacio que resulta insoportable. Tu pelo quiere volar, ondear libremente, pero es condenadamente corto y no puede. Se siente impotente. Al público de la MTV le encantan los pelos con problemas de autoestima.
Tú, mientras tanto, vas poniendo cara de circunstancia, que no se lleve tu pelo todo el protagonismo. Miras al cielo sin terminar de inclinar la cabeza. Respiras hinchando el pecho, intentando llenar un poco la camiseta, a ver si al menos con eso vendes algún disco de esos que no existen.
Miras hacia un lado. Tu pelo se deprime aún más, recordando sus días de gloria, aquellos en los que no tenía nada que envidiarle a un anuncio de Pantene. Miras hacia abajo.
Tres minutos y pico mirando aquí y allá. Esto es arte fijo. Van a llover los premios. ¡Eso es! ¡Lluvia! Gotas perfectamente redondas cayendo tan despacio que aburren al aburrimiento… pero el espectáculo visual es asombroso.

Solo de guitarra.
Fundido a negro.

Ya lo tenemos.

Mobile – Dusting down the stars

You can’t return from where we came.