Your body is a wonderland


Me gusta repetir películas, libros, canciones, viajes. Me encanta repetir viajes.
Disfruto volviendo una y otra vez a los mismos sitios, buscando nuevos rincones en lugares que ya conozco, sorprendiéndome al encontrar en cada visita algo por primera vez.
Me gusta ver cómo crecen las ciudades; verlas cambiar, evolucionar, adaptarse. Me gusta sumergirme en su rutina cada cierto tiempo, siempre la misma, siempre distinta.

Hay quien me critica, quien me dice que repetir un viaje no tiene sentido con tanto mundo por ver. Creo que no lo entienden, que no se dan cuenta de que solo la repetición permite apreciar los matices, que hace falta constancia para ver los detalles.

No me canso de repetir viajes.
Podría hacerlo siempre, ver los mismos sitios, enamorarme otra vez cada día. Hasta el final.

Pudiendo volar a ti no necesito más aeropuertos.

 

John Mayer – Your body is a wonderland

This is bound to be a while.

Home is where the heart is


Te detienes a un paso de la baldosa a la que apunta el sensor.
Respiras hondo.

Por un instante vuelves a tu niñez, a estar en mitad del escenario justo antes del inicio de la función, detrás de unas cortinas que no tardarán más de unos segundos en dejar de estar ahí. Te preguntas quién habrá venido, cuándo; si habrán llegado los primeros para no perderse detalle,  si estarán sentados en la primera fila, en la segunda, más atrás; si a la derecha o a la izquierda… si se han olvidado de ti.

Piensas en lo que significa estar en casa, en qué implica en realidad esa palabra: casa.
Casa es el lugar en que uno vive, pero no es solo eso: casa es donde uno siente, donde se descansa de verdad, donde los abrazos son algo más que cuerpos que se aprietan.

Das ese último paso que alza el telón sin notar que estás temblando como aquel niño de diez años vestido de ángel perezoso.
Se apartan las puertas.
Das gracias por no tener que hablar esta vez, pues no serías capaz de recordar tus líneas mientras tus ojos buscan como locos entre la multitud.
Lleno absoluto, mas no hay espectador que busque tu rostro.

Casa no puede ser un lugar donde nadie te espera en el aeropuerto.

 

Ramon Mirabet – Home is where the heart is

It’s time for me to face my fate.

Las nubes de tu pelo


Perdona, sé que va a sonar raro pero… ¿puedo acariciarte el pelo?
No, no funcionará, nunca funciona; y lo último que necesito ahora es otra orden de alejamiento, que miro el mapa y tengo más sectores en rojo que en Battle Royale.

Te he visto mientras esperábamos en la puerta de embarque, yo dormido y tú con la mirada ausente. O no. La verdad es que no me he fijado en absoluto en tu mirada, pero unos ojos ausentes le dan un toque a cualquier historia. Me gustas cuando callas y todo eso. No tengo la más remota idea de cómo es tu mirada. Por dios, ¡si ni siquiera sé si tienes ojos! Aunque quién quiere ojos teniendo ese pelo.
Te has levantado y te has puesto en la cola. Yo, que ya no era dueño de mis actos, he despegado también el culo del asiento, dispuesto a seguirte, a ponerme detrás, a acortar drásticamente la distancia. A punto de lograrlo estaba cuando dos hombres se han interpuesto entre nosotros.
Rabia. Ira. Tristeza.
Desolación incluso.

Sentado en el avión aún pienso en tu pelo, en esos rizos, en cómo quizá no vuelva a verlos. Y apareces.
Tienes el asiento de delante. Dejas tu mochila naranja arriba. Te sientas.
Apenas han pasado cinco minutos cuando empiezas a mover la cabeza de un lado a otro, como si estuvieras en un anuncio de champú. Provocando. La realidad es que te estás durmiendo y yo, cuando caigo, tal como lo está haciendo tu cuello, temo por él. Alguien debería sujetarte la cabeza, pienso. Yo, por ejemplo.
Y lo típico de que se te levanta sola la mano derecha, la miras pensando ¿¡qué haces!? y le das un manotazo con la izquierda, que debe ser la mano cuerda, para que se esté quieta. Porque a todos os ha pasado alguna vez, ¿verdad? Estoy convencido de que es algo muy normal.

Levanto la vista para descubrir que todo el avión me está mirando. Tengo claro por qué es: envidia. Es por tu pelo. Soy el único afortunado que lo tiene delante… ¡y madre mía lo que daría por acariciarlo! Pero sería raro. Mucho.
Mejor lo escribo en internet donde sólo puede leerlo todo el mundo.

Fito&Fitipaldis – Las nubes de tu pelo

Lo de fuera no me interesa.