In loving memory


Estábamos en aquel descampado, mi padre y yo, situados sobre la misma recta que aquella grúa semienterrada, cada uno en un extremo.

¿Por qué no se puede sacar, papá?
Debe estar sujetando algo muy grande.
¿Grande como un mamut?
Grande como un mamut.

Me acercaba al lado de la grúa contrario a donde estaba mi padre y el suelo empezaba a temblar. Me daba cuenta de que cualquier movimiento podría hacer que aquello cediera finalmente.

No te muevas papá, creo que…
¿Qué? – gritaba él a lo lejos. Me veía mover los labios pero no era capaz de escuchar las palabras. Repetía la pregunta continuamente, cada vez más fuerte, y mientras lo hacía se iba acercando hacia mí. Con cada paso y cada ¿qué? el suelo vibraba más intensamente.
¡¡¡Que no te muevas!!!

Aquello fue lo último que dije antes de que el suelo se abriera.
Tanto la grúa como yo caímos por el agujero. No sabría decir qué cayó antes, si morí aplastado por la máquina o si a mi cuerpo le bastó con la violencia del golpe. Lo importante es que, cuando vi desde abajo a mis padres asomarse al vacío, yo ya no era yo. Supongo que mi cuerpo se quedó ahí, si bien no me giré para comprobarlo, principalmente porque aún no era consciente de lo que me había pasado.
Trepé con dificultad y, una vez arriba, ni siquiera se giraron para mirarme. Pensé al principio que debían haberse enfadado mucho por el lío que había causado, aunque cuando vi las lágrimas brotando sin parar de los ojos de mi madre empecé a replantearme mi teoría…

Horas después, sentado en mi vieja mecedora, tomé consciencia de que había muerto y fui yo quien rompió a llorar. ¡Joder! ¡Tenía veintinueve años! Un montón de cosas por hacer, planes, sueños… y de pronto nada. Encima ellos estaban allí: todos; gente que ni sabía que sabía que yo existía… y también lloraban. Me sentí tremendamente impotente.
Empecé a balancearme y noté que poco a poco todos iban girándose en mi dirección. Una voz me dijo entonces que no podían verme, pero que no ocurría lo mismo con los objetos que yo movía.
Tardé un segundo en hacerme con una libreta y un bolígrafo y empezar a escribir cientos de mensajes de despedida. Algunas cabezas impacientes se acercaban al papel para leer lo que en él iba apareciendo antes de que hubiera terminado. Trataba de tapar con mi mano izquierda mi legado, pero aquella mano, como el resto de mi cuerpo, ya no estaba allí para ellos.

En unos minutos habrá terminado todo, volvió a decir la voz de antes.
¿Qué significaba eso? ¡Aún no había acabado! ¿No volvería a verlos nunca más? ¿Por qué tan pronto?

Abrí unos ojos que reconocieron inmediatamente el techo que los cubría. ¡Estaba en casa!
Fui corriendo a la habitación de mis padres: mi padre no estaba, mi madre dormía. Los números rojos del despertador de su mesita indicaban que eran las cinco y veintitrés de la mañana. Me abalancé sobre ella sin dudarlo:
¡Mamá! ¡Despierta! ¡Mamá!
Abrió los ojos desorientada y se quedó mirándome, o me pareció que me miraba, aunque también me lo había parecido tras el hundimiento, y en la mecedora, y no había sido cierto.
¿Me ves, mamá? ¡Di algo por favor!
¿Pero tú sabes qué hora es? – preguntó sin entender absolutamente nada.
Se me paró el corazón, se me secó la garganta y se empaparon mis mejillas. La abracé tan fuerte como jamás lo había hecho, entendiendo por primera vez qué era llorar de felicidad.
Miré por la ventana sin soltarla, y vi amanecer… y oscurecer… y volver a amanecer… todo en cuestión de segundos.
Si aquello no era real…

 

It feels empty and alone.

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