Sitting in the park


Me siento en un barco del parque, solo, pero lo hago en un extremo. Aún es temprano y hay muchos bancos vacíos, así que intuyo que todavía queda un buen rato.
Abro el cuaderno, que no parezca que no estoy haciendo nada, pero no hago nada. Me limito a mirarlo como si fuera a hablarme en algún momento.

Una señora se sienta con cuidado en el banco que hay a mi izquierda.
¡Bien! ¡Uno menos!

Es una suerte que haga sol: tras unos cristales oscuros es mucho más fácil observarlo todo sin que nadie te tome por un bicho raro, aunque estando en un banco del parque, solo y mirando un cuaderno en el que no hay nada escrito quizá ya sea tarde para evitarlo.

Otro banco se ocupa. Esta vez es una chica joven. Mira el móvil, que sujeta con una mano, mientras se peina con la otra. Probablemente espere a alguien. La gente joven no va sola al parque, lo cual indica que o bien no soy joven, o bien no soy gente… o a lo mejor no estoy solo. El pensamiento me obliga a mirar hacia atrás por encima del hombro con cierto temor. No sé qué es exactamente lo que me da miedo encontrar, pero no hay nada.

Un señor mayor llega a otro de los bancos. La gente mayor puede mirar lo que quiera sin necesidad de esconderse detrás de unas gafas de sol, y puede hacerlo fijamente sin que haya ningún problema. Mira a los niños que juegan con una pelota pequeña. Se queda embobado con dos perros que corren por turnos uno detrás del otro. Echa la cabeza hacia atrás… parece que toca siesta.

Otro banco ocupado y ya sólo queda uno. Una pareja de criaturas que no tendrán más de treinta años entre los dos. Hablan acelerados, llenos de entusiasmo, como si fueran a comerse el mundo. A juzgar por la barriga que asoma bajo la camiseta de la chica diría que alguien ya se lo ha comido: el suyo y el de su amigo. No hay más mundos para usted hoy, señorita.

La chica del móvil ya ni se peina ni lo mira, pero sigue sola. Si tuviera dos cuadernos le regalaría uno. Si tuviera dos bolígrafos podría incluso arrancar un par de hojas de este. No tengo dos, ni de lo uno ni de lo otro. Lo siento.

Una mujer que ronda los cuarenta se sienta en el último banco vacío, deja a su lado el carrito del bebé y descubre el cruasán que ha traído meticulosamente envuelto en papel de aluminio. Su hija me mira desde su trono. Te estoy observando, muñeca. A ti y a todos. (Gafas de sol.) Sin embargo, no estoy aquí por vosotros: estoy esperando a alguien. ¿A quién? No lo sé, siempre es alguien diferente, pero está a punto de llegar.

Sin que haya podido ver cómo se acercaba a mí, el alguien de hoy se sienta a mi izquierda.
Por fin has llegado.
Destapo mi bolígrafo azul mientras le doy las buenas tardes, dispuesto a escuchar lo que sea que quiera contarme.

La gente que va sola al parque siempre tiene algo que contar.

 

Sitting here on the bench.

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